¡Formen filas!

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Supongo que cualquiera está al tanto de los movimientos estratégicos del Gobierno que estos días están haciendo que medio país levante las armas, o al menos esa pequeña parte que se preocupa por lo que pasa y piensa que es importante saber qué ocurre fuera de su casa. Yo antes lo pensaba, creía que estar enterada de la actualidad podía ayudarme a conocer cómo se mueve el mundo, cómo funcionan las cosas, a ser consciente de cuándo nos están tomando por el pito del sereno. Pensaba que todo eso era importante, que mucho antes que enseñar trigonometría se debería mostrar la importancia de una preocupación social. Antes lo pensaba y ahora lo sigo haciendo, sin embargo, esta semana me ha hecho darme cuenta de que somos soldados de plástico verde frente a tanques que disparan de verdad y que, frente a esa tara, poco podemos hacer. De hecho, nuestro ejército ni siquiera lucha unido y el enemigo es aquel que se supone debería estar de nuestro lado. Estamos heridos de muerte mientras algo mucho más grande que nosotros se alegra de nuestra incapacidad de alzar la voz a una y nos va administrando lentamente las dosis de metralla. Ese algo es el Gobierno al que casi 11 millones de personas votaron hace medio año, en las que fueron mis primeras elecciones generales.
Aquel 20 de noviembre, al ir a echar mi sobre pensé que yo lo que quería no era dar mi voto a nadie, sino votar negativo, votar en contra de, pero al parecer esto todavía no estaba inventado. Finalmente, mi sobre cayó dentro de una urna, pero 11 millones de sobres lo aplastaron y el mío fue aniquilado tras decir sus últimas palabras que, a la vista de los resultados, no sirvieron para mucho. Tal vez si mi sobre hubiera sido uno de esos 11 millones ahora no estaría escribiendo esto, pues sería de una incoherencia imperdonable por mi parte. Pero no fue así y apuesto cualquier cosa a que el mío, como tantos otros sobres, murió pidiendo piedad para la educación, la ciencia y la sanidad.
Seis meses después del fallecimiento de mi voto, estoy sentada en medio de un campo de minas, leyendo en el periódico que pagaré hasta 600€ más por mi matrícula del año que viene y recibiré una educación que vale mucho menos, pues mi universidad no tiene dinero para realizar todas las prácticas que se deberían hacer durante el curso.
Si me muevo un poco a la derecha una mina explota y de pronto estoy en mi casa comiendo con mis padres, que me cuentan que unas semanas después del hachazo de la bajada de sueldo, recibieron una visita de los sindicatos advirtiéndoles de que cualquier mes dejarían de cobrar, ya que la Generalitat está enterrada en un panteón muy bonito, con materiales de primera calidad, una tumba que ella misma fue cavando poco a poco, pero que pagamos todos.
Decido desplazarme hacia adelante y tras otro estallido aparezco en el año 1500 en plena caza de brujas. Si me fijo un poco más puedo apreciar que no son brujas, el primero lleva un libro en la mano, otro teclea en un ordenador y detrás le siguen miles y miles bastante parecidos, deben de ser funcionarios. Eh, pero si ese de ahí es mi maestro de primaria, ¡¡soltadlo, malditos!! Se oyen unos gritos que piden hoguera, otros berrean que "esta panda de vagos nos saque de la crisis". Mi maestro se da la vuelta y comienza su discurso: "Con todos estos recortes que ustedes llaman reformas, están consiguiendo que se pierda el objetivo de la enseñanza, que es enseñar. Yo no puedo hacer que mi trabajo tenga la misma calidad en una clase con 25 alumnos que en una clase con 40, no podremos...", entonces una voz poderosa lo interrumpe "más trabajar y menos leer el periódico", miles de histéricos aplauden. Ya está se acabó la crisis, que se jodan los del café de las 11.  Los tanques y cañones del Gobierno apuntan hacia los soldados-funcionarios y una parte de nuestro ejército de goma sigue la trayectoria de esos tiros y ataca a los que visten su mismo uniforme. "¡Los funcionarios tienen un puesto fijo, vosotros no tenéis nada!, jalean los tanques. "Es verdad, no tenemos nada, nada, nada...", dicen carpinteros, empresarios y mecánicos a la vez que celebran cada uno de los disparos que alcanzan la cabeza de profesores, médicos, etc. De vez en cuando, entre la masacre, algún funcionario se envalentona y pregunta a quién han de agradecer tener un trabajo fijo, si ese trabajo lo han conseguido tras unos años de esfuerzo y estudio de una oposición, dice que con su sueldo vivirá bien, una vida media, pero nunca rodeado de lujo y que hace unos años, cuando los Mercedes los regalan con puntos de Carrefor, nadie se acordó de que los funcionarios no estaban cobrando más ni haciéndose ricos. Automáticamente ese funcionario es acribillado a frases que ya se recogen en el refranero popular español como "tus vacaciones las pago yo" o "me gustaría verte trabajando el 15 de agosto".
Yo observo todo esto desde mi campo de minas, entro a Twitter y leo entre los TT lo del copago farmacéutico y que el Gobierno podrá elegir al presidente de RTVE libremente, un golpe maestro, el golpe final.
Analizo todo este panorama mentalmente y pienso en mi hermano, al cual le faltan 9 años para tener derecho a voto; me pregunto si cuando él vaya a echar su sobre a la urna volveremos a estar en el siglo XXI, si para entonces nuestro ejército podrá disparar todas sus armas a la vez y provocar tal estruendo que haga temblar las paredes del Congreso de los Diputados para recordar a los que están dentro que somos los de fuera los que contamos de verdad. Me pregunto si en el tiempo que falta yo habré reunido algo de esperanza o si toda mi vida querré votar en negativo.

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El otro día en el tren, un chico hablaba por el móvil recitando una canción de Lori Meyers. No la cantaba, hablaba como si fuera parte de una conversación y así, en resumen, la otra persona recibió un mensaje como este:
"Es la cuarta vez que te intento llamar y no lo coges. Sabes que yo no te culpo por querer dejarme solo y te aplaudo por decírmelo tan claro. A veces da igual la soledad, pero ahora cógeme el teléfono, tenemos que hablar."


Y yo en mi asiento me pregunté qué tipo de relación de locos habría sido ésa, que hasta ponerle fin parecía divertido. 

Jean-Claude

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Estoy en clase ahora mismo. Es una clase de resolver dudas y la mayoría de la gente ha optado por darla en la cafetería junto a un par de tostadas con tomate o un cigarro en la terraza. Yo me he quedado, intentando ser responsable y empezando una nueva vida, pero he abierto el blog, ya que yo nunca tengo dudas debido a mi nivel académico conseguido en los más elitistas colegios ingleses. A mi derecha, X mira los puntos del Comunio; a mi izquierda, Y mira el horizonte que se extiende tras la pizarra donde se proyectan gráficos. Más a mi izquierda Z se muerde las uñas. Le digo a X que lloré viendo UP, me confiesa que él también. El resto de la clase está en stand by, tal vez ni siquiera estén vivos. Si ahora mismo pasara un batallón y atravesara el aula nadie levantaría la vista o puede que sí si alguno de los militares fuera lo suficientemente atractivo y olieran su sangre fresca; hay grandes depredadores en mi clase. Esto lo podéis tomar como una metáfora de las preocupaciones de los jóvenes por la vida exterior. Somos una pena de generación. Me levanto y hago un giro sobre mí misma, un paso que aprendí de un baile de Jean-Claude Van Damme, me siento, nadie me ha mirado. Ni siquiera se han molestado en meterse en mi imaginación y ver lo que acabo de hacer. Es una verdadera lástima, porque bailo fenomenal con ese traje de cintas amarillas y plumas de faisán.

La vida, el Cola Cao y mi cumpleaños.

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En diez días cumplo 21 años y estoy movilizando a mis amigos para celebrar un cumpleaños de varios días, lo que se conoce como un cumpleaños gitano. 
En esta época de marzo en la que veo tan próximo el momento-tarta, uno esos momentos en los que no sé bien dónde meterme (¿es aceptable cantarte el cumpleaños a ti mismo? ¿hay que mirar a la tarta o a la gente? ¿no es asqueroso soplar y que pueda caer saliva encima del pastel?), me invade una sensación extraña. No me da por pensar que el mundo no merece la pena, que eso ya lo pienso a menudo y sobre todo en agosto, cuando bajar a la playa es casi pecado porque acecha la convocatoria de septiembre. Y es que si quieres llegar a ser alguien, no tienes que pensar que la vida es una mierda, sino aceptarlo desde el preciso instante en el que tu madre te abandona una mañana en una guardería de tu pueblo. Si no tienes claro esto desde un primer momento, puedes acabar viviendo en el mundo de la luz y el color, en el de las drogas o en Almoradí. Por ello hay que hacerse a la idea de que la vida es muy dura y no es justa, que no siempre llueve a gusto de todos y que las últimas galletas Tostarica siempre salen rotas*. Resumiendo, que como he dicho, la vida es una mierda, cosa que yo ya supe desde bien joven cuando mis padres se negaban a comprar Cola Cao. Como consecuencia de esto, durante mi infancia no pude levantarme ninguna mañana veraniega y batir mi Cola Cao a ritmo de samba en los cacharros que regalaban en las cajas, mientras mi cocina se transformaba en una piscina donde decenas de niños disfrutaban de una vida plena y feliz junto a sus Turbocaos. Así crecí yo, perdiendo la fe en cada desayuno. Más tarde, en mi temprana época de apertura a las preocupaciones sociales y políticas, asumí que esta negativa de mis padres no era más que un claro rechazo a la esclavitud que ahogaba la vida del negrito que cantaba mientras cultivaba (tal vez canciones protesta, un Lluís Llach tropical) y era sometido por todo nuestro sistema económico y nuestra falta de moral, donde lo realmente importante era acabar con los grumitos de la leche. Fue entonces cuando comprendí que mis padres eran héroes con grandes principios y coches de gama media.
Con todo, y desayunando el aburrido Nesquik, fui aceptando que, como se suele decir "iba a llevar más palos que una estera". Así que, como yo esto ya lo tengo bien afianzado, puedo permitirme el llevar ventaja a otros en desengaños vitales y, mientras los de las Karaocaos andan lloriqueando porque el Cola Cao con pepitas es basura (me lo ha dicho mi compañera de piso), pues yo cuido ratones pequeños que acaban muriendo o me pinto la cara de verde en carnaval (lo cual además de picar bastante, disminuye cualquier atractivo sexual dejándolo por debajo del de un pulpo) o bien voy a comprar al supermercado y sufro un episodio de auténtica pérdida de dignidad al no llevar dinero, mientras que la cajera va haciendo cuentas a ver si me puedo llevar algo y el resto de clientes se quejan y me hablan mal. Pero yo salgo de allí sin sorprenderme, sin llorar, sin esconderme y sin nada de lo que necesitaba llevarme, porque he asumido que la vida es una mierda y cosas así pueden ocurrir en cualquier momento y no son importantes.
Por todo esto, cuando llega mi cumpleaños no me siento ni triste ni melancólica ni escucho Nacho Vegas. No, es otra sensación, una sensación desagradable que me da miedo. Una sensación que gracias a Dios pasa muy pocas veces a lo largo del año: ese miedo a abrir un regalo, que no te guste y se te note.
Es horrible y por ello en estos días que quedan antes de mi cumpleaños suelo sufrir** como sólo han sufrido los protagonistas de The Walking Dead. Aunque siempre cabe la posibilidad de que alguien que presuntamente*** vaya a regalarme algo lo lea y decida no hacerlo, lo cual sería un error porque a mí me gusta que me regalen cosas. Paradójico. Como veis disfruto de lo que no me gusta, porque he aceptado la única verdad absoluta: el mundo es un lugar hostil.




*No me rebatáis esto porque no es creeré.
**Estoy fingiendo.
*** No puedo afirmarlo dado que mis amigos son muy catalanes.

Tiroteo en la Universidad.

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Si algún estudiante de bachillerato llega hasta aquí, le advierto de que el contenido que va a encontrar a continuación es spoiler:


La vida universitaria, la Tierra Prometida, es absolutamente genial, son años de vida ligera, de jueves, de reírte, de miércoles, de amigos. Son los años por los que lloras cuando pasas de los treinta y... Por su parte, la universidad, como institución, (me) da asco. Y en este sentido tal vez sea algo radical, pero no soy capaz de entrar y salir de la facultad ningún día sin pensar que realmente me repugna. Hablo de mi universidad en concreto, en algún lugar de España, en algún campus con carril bici y donde las tasas cada año son más caras. Hablo de mi universidad porque es la que conozco, pero me jugaría los dedos de los pies a que esto se puede hacer extensible* a cualquier otra. Lo que me hace renegar de la gran UNIVERSIDAD es la gente que la forma, principalmente la mafia existente en pasillos de departamentos y los cuchillos que guardan en sus armarios para masacrarse entre ellos. Todo ese inframundo de becas, tesis, notas e ir por la noche a la facultad a arruinar los experimentos de algún compañero, me produce una mezcla de repulsión y miedo. Desde luego, no me dedico a acariciar gatitos junto al fuego mientras bebo leche con miel, pero tampoco podría imaginarme apuñalando a nadie porque vaya a quedarse con la beca que quiero. En cualquier película de supervivencia moriría en la primera tanda y la universidad es de esas grandes producciones de apocalipsis y tiroteos por una barra de pan. Habiendo decidido que no quiero formar nunca** parte de todo ese circo de terror, en parte por mis principios, en parte por mi nota media, me dedico sin miedo a frivolizar sobre situaciones de este tipo que encuentro día a día en la facultad. Esto último me hace pensar si, aunque desde otra torre del castillo, no estaré siendo tan esnob como toda esa gente a la que critico. Puede ser que quien lea piense que soy la típica desengañada que no encuentra la verdad absoluta en nada de lo que le rodea***. Bien, explicaré que yo entré a formar parte de todo esto en el verano de 2009, cuando marqué una X en la casilla equivocada de la preinscripción, pero eso es otro tema. El caso es que en 2009, yo esperaba llegar y encontrar profesores vestidos con túnicas griegas que desde una tarima hablaran al público que se amontonaba en las clases y lloraba de emoción al ver ante sí semejante muestra de conocimiento. Después de dar la clase, el profesor saldría del aula diciendo "Buenos días" y todo el mundo se miraría entre sí pensando si algún día podrían llegar a esa altura. Ahora, en 2012, cuando el profesor termina la clase, sólo pienso que cómo es posible que alguien que enseña en el más alto nivel académico no maneje correctamente la ortografía. Por mi parte no hay nada de admiración, no puede haberla hacia gente que dice "a mí no me saques de aquí..." y es cierto, cualquier otra materia es tierra inexplorada para ellos. Obviamente son expertos en un tema, pero el problema es que a toda esa gente les da igual no tener ni idea de lo que pasa en el mundo o no tener una cierta cultura general de otros asuntos. Les da exactamente lo mismo, incluso les divierte, ser sabios en lo suyo y no tener ni idea de dónde está Suiza. ¿Es que acaso necesito saberlo? Se ríen muchos. Tristemente no, en realidad no se necesita saber nada, pero amigo, y me permito tal lujo (aunque siempre hablando de usted), si no quiere saber más que lo que da en su clase no espere admiración fuera de ella y en mi caso ni siquiera dentro.
Y si tanto maldigo de la universidad, ¿por qué estoy aquí? ¿por qué no me callo y me voy? Lo haría si no fuera porque a mis 20 años soy una ignorante que necesita formación y sigo la táctica de matricularme esperando que, al menos en septiembre, el momento de abandonar todo esto esté más cerca. Hipocresía de libro, lo llamo yo; ahora-no-te-das-cuenta-pero-es-lo-que-tienes-que-hacer, lo llaman en mi casa. Que si que me doy cuenta, mamá, claro que me doy cuenta, pero mi preocupación es, si aprendemos del maestro que nos enseña, ¿cómo hacemos para no acabar siendo iguales?




Si te preocupa, ya es algo. (Yo, 2012).







*Nótese que hacer extensible es una expresión de universitario mediocre.
** Todo el mundo tiene un precio. Por suerte las universidades no van bien de capital.
*** Yo también lo pienso.

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Yo no soy de ir soltando maldiciones por ahí, ni de explotar y soltar veneno. Me he educado a mí misma de forma que suelo callarme las cosas y guardarlas en el pozo del rencor infinito, que está compuesto de ácidos corrosivos y material inflamable. Puedo ser fácilmente una de las personas más rencorosas del país, si bien es cierto que para entrar en el club de "cosas que molestan a Claudia" hay que liarla mucho; yo soy más bien de pasar de las situaciones de tensión. Pero vamos a decir las cosas claras, porque viene haciendo tiempo que estoy hasta los cojones. Lo siento por esto, lectores de blogs, mi panadero de siempre y la señora de los viernes en la parada del bus, pero es que mi pozo del rencor y la ira está rebosante y lo tengo que ir vaciando poco a poco.
¿En qué momento a mis amigos se les olvidó todas las mierdas de la fidelidad y la lealtad que nos hemos estado tragando en Punky Brewster, Dawson Creek y demás series de Planeta Feliz?
He consultado esto con varias corrientes de pensamiento y todas han coincidido en que:
1. Tal vez esté idealizando a mis amigos
2. Tal vez no todos comparten tu concepto de amistad.
En mi opinión lo primero puede ser, lo segundo es un poco contradictorio, porque lo que yo entiendo por amistad es la definición clásica, la típica ñoñería de ayudar, no pedir nada a cambio, sacrificarte por los demás y demás cosas que ya en los años en los que estamos no se llevan (¿¿no pedir nada a cambio?? ¿¿perderme una fiesta porque a un amigo le acaben de extirpar un tumor cerebral?? POR DIOS). Por otra parte, lo de idealizar a mis amigos es difícil. El tiempo y un par de salidas los sábados son suficientes para conocer a la plantilla. Mis amigos son los mejoJAJAJAJAJA. NO. Mis amigos no son los mejores amigos del mundo y quien crea eso de sus amigos probablemente es tonto o es Punky Brewster. Ahora bien, para obtener el carnet de amigo hay unas cosas básicas que deben manejarse, un A1 de la amistad que, amigos míos, os insto a que repaséis de vez en cuando (gracias).
Ahora con todo esto del Erasmus la gente me dice que echaré mucho de menos a todos. Y yo me pongo a pensar y no sé quiénes son todos. Hay gente a la que a veces tengo ganas de ver, de pronto, pero que no echo de menos como tal y otra a la que extraño constantemente, cualquier día que se me pregunte sobre ello. ¿Entonces voy de guay y no echaré de menos a mis amigos? Aunque si digo que tengo ganas de irme de aquí y aquí es donde están mis amigos, ¿digo que no tengo ganas de estar con mis amigos? ¿Urdangarín en qué pensaba? ¿Los yogures azucarados necesitan más azúcar?  Si he aceptado una Erasmus a una ciudad del siglo XVIII y que me está quitando la vida con las convalidaciones, es porque el quedarme aquí me ofrece un panorama bastante peor, esa es la única respuesta.
Mi pozo del rencor ha liberado un 10% de espacio.



Estimado amigo/a mío/a:
Si al leer esto te has sentido ofendido/a piensa en si aprobarías un A1, si la respuesta es sí esta entrada no va contigo, si la respuesta es no esta entrada está dedicada a ti.

Muchísimas.

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Ahora mismo no os hacéis una idea de mis ganas erasmusianas. 
Ni os lo imagináis. 
Ni lo intuís.

Es ahora.

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Estoy harta de todos vosotros y no lo digo por ofender, por victimismo ni por llamar la atención; pero de verdad que me habéis cansado. También debo de tener yo algo de culpa, así que ya que vosotros no os vais (aunque a veces da la sensación de que ni siquiera estáis), me voy yo.
Mamá, que me voy de Erasmus, que no aguanto aquí mucho más.


Respecto a lo de irme, a lo de volver, a lo de estar fuera, es todo bastante diferente a como me imaginaba que lo haría, pero bueno, el conjunto que verá el gran público será que no estaré y la gente es más de recordar la trama simplemente, nadie se fija en los fallos de guión.