jueves, 19 de julio de 2012

El Camino: la etapa de la muerte. Parte 2.

Al final de nuestra primera etapa nos encontramos con un bonito albergue que por suerte estaba justo a la entrada del pueblo. Esto puede parecer algo irrelevante porque una vez que has andado 25km subiendo y bajando cuestas cargado de mochila, ¿qué mas dará andar 300m más? ERROR. Una vez que ves las primeras casas del pueblo en el que te vas a quedar, el tiempo transcurre lento, te desesperas, el sudor recorre tu frente, dejas de escuchar los sonidos que te rodean y tus pies se hunden en la tierra paso a paso. Es lo que se conoce como el síndrome del Caminante que no entrenó y que yo padecí todos y cada uno de los días, llegando incluso a peligrar mi vida en etapas posteriores.
Después de enseñar nuestra credencial de peregrino (requisito imprescindible para poder dormir en los albergues), nos acostamos un rato antes de salir a visitar Villafranca. Cualquier persona que vaya a hacer el Camino debe saber que es muy tentador echarse a dormir un rato, pero que al despertar no sabes si realmente dormiste o te usaron como saco de boxeo porque el dolor muscular es bastante interesante. Son las llamadas siestas de doble filo o siestas de valientes.
Por la noche, conocimos a Alfonso, un hombre de Huesca que había salido desde Roncesvalles, lo cual son unos 750 km y por eso siempre le tendré una profunda admiración. Alfonso contaba historias para hacer las cenas interesantes e incluso nos contó que había tenido un nieto mientras él estaba en el Camino, pero que no se acordaba de cómo se llamaba y ante nuestra cara de sorpresa sentenció "coño, si nunca lo he visto" y nosotros ya nos quedamos conformes.
La mañana siguiente amaneció muy bonita con el sonido de los pájaros de los árboles del jardín y con un fresco agradable, todos estábamos mejor de nuestros dolores porque siguiendo la recomendación de nuestras madres, por la noche tomamos Coca Cola para las agujetas y esto, claramente, obró el milagro. Todo era perfecto y precioso, como la escena de una película en la que una pareja enamorada bebe un batido en un acogedora cafetería acristalada, pero que en un segundo todo se desvanece y mueren tiroteados por una banda callejera de camisetas sin mangas. Nosotros también tuvimos ese segundo trágico, sólo que duró varias horas. Yo notaba que algo me quemaba en la planta del pie y con cada paso me acuchillaba en lo más profundo del alma. Entonces dentro de mí escuché a la niña de Poltergeist diciendo "ya están aquíííí" y así fue: las temidas ampollas.




Ella lo sabía y yo también. 


Las ampollas, una vez que te salen, no se irán con ningún tipo de magia negra ni Compeed ni nada de esas cosas que recomiendan que hagas, todo es mentira. Lo único que funciona es aguantarse y acostumbrar el pie al dolor. Cuando el pie ha andado y está "caliente" el dolor disminuye bastante y ya no quieres amputarlo ni despeñarte por una ladera. Aun así y no es porque yo sea débil, las ampollas duelen un 7/10 en la escala de dolor, donde que te rompan la nariz a pedradas es un 9/10.

Seguimos andando, mis tres compañeros más o menos bien y yo cojeando pero intentando que mi dignidad no se viera afectada. Pasaban las horas y los kilómetros y empezábamos a ascender por un bosque cerrado y lleno de barro donde el dolor de mis ampollas aumentó hasta el 8 y tuve que pedir a Mario que me distrajera con historias. 


Mario intentando que olvidara mi dolor con una historia de prostitutas que trabajaban  enfrente del estadio de Roland Garros.  


Así y después de algún tiempo llegamos a un pueblo compuesto por tres casas, una señora que vendía Aquarius y una fuente donde paramos a recuperarnos del calor y la subida mortal. En ese oasis de esperanza conocimos a Emilio, otro caminante solitario que nos preguntó cuánto quedaba para llegar, "pues creemos que 5 kilómetros". Emilio se escandalizó "NO PUEDE SER, ¡¡5 KILÓMETROS!! De vosotros no me fío, voy a mirar la guía. Me cagontó, sí que quedan 5". Y con estas bellas palabras nos hicimos amigos y en siguientes etapas volvimos a coincidir con él siempre a 5km del final, lo cual dio para bastantes risas. De los siguientes 5 kilómetros recuerdo mucho sol, que ya eran pasadas las tres de la tarde y no habíamos comido, caminos desiertos y empinados y a una mujer con la que nos cruzamos y que me dijo "quedan 2 kilómetros, eso ya no es nada" y entonces me puse a llorar. Luego les pedí a mis amigos y a Emilio que me abandonaran allí, que ya llegaría yo y que si tenía que morir prefería estar sola.



Indicación terrorista cuyos decimales jugaron con nuestras ilusiones. 


Llegamos a Cebreiro a eso de las cuatro y media de la tarde, Emilio se nos adelantó (lo cual me hizo reflexionar sobre el potencial de los jubilados) y al llegar al albergue nos informaron de que sólo quedaban cuatro camas. MILAGRO, EMOCIÓN y COHETES. Esta fue mi etapa de la muerte, en la que me di cuenta de lo peligrosamente fácil que es morir joven de un día para otro y en la que entendí que en el Camino más vale fuerza mental, que fuerza física. Así terminaron los 30 kilómetros de montaña y aquella tarde disfrutamos de un fresco muy fresco a 1300 metros de altitud, viendo desde el albergue que algunas nubes no llegaban tan arriba.


Soy poesía.



martes, 17 de julio de 2012

El Camino. Parte 1.

La gente hace el Camino de Santiago por mil razones diferentes, cada uno tiene sus motivos, más o menos simples, para cargar con la mochila y echar a andar. Mis motivos, de cara al público, eran de los fáciles: la experiencia y el turismo. Pero el Camino tiene algo de místico que me atraía, algo así como de momentos de reflexión, de entender cosas y de olvidar otras, de que los días se reduzcan a lo más sencillo... Todo eso que no expliqué cuando me iba porque es más fácil contentar a la gente con lo del turismo y ya, si empiezas con lo otro puedes acabar realmente mal. Además también hubo un factor personal importante y es que mi familia y muchos amigos me dejaron claro que no confiaban en que pudiera llegar al final y todos tenemos nuestro punto de orgullo.

No hice nada de lo que recomiendan en guías y webs, no me preparé ni probé la mochila antes de cargarla ni tampoco usé el calzado para acostumbrarme. Terminé los exámenes y volví a casa como los soldados que vuelven de Afganistán, pasé por Decathlon y en dos días estaba todo preparado para unas cuantas horas de autobús a Ponferrada. Exactamente lo contrario a lo que se recomienda hacer: planificar el viaje con calma.

Yo le comenté varias veces a mis compañeros de viaje (María, Violeta y Mario) que me preocupaba lo de no tener resistencia para aguantar tantos días. Violeta siempre me decía que no era para tanto, que somos jóvenes. Yo también quería convencerme con esto, pero claro, Violeta y Mario pertenecen a los Scout y ellos los fines de semana talan árboles con cuchillos y se construyen cabañas para pasar noches de tormenta en Sierra Espuña, mientras que yo cuando llueve me quedo en mi casa y me pongo series.ly. El caso es que, unos más convencidos que otros, llegamos a Ponferrada después de una noche de cuellos rotos en el autobús y una parada en Madrid. 
Nuestro primer albergue no tenía precio establecido, se pagaba "la voluntad" y esto puede parecer que no, pero es un problema moral importante. ¿Cuánto es la voluntad? ¿Uno que paga el triple que yo tiene más voluntad o sólo más dinero? Intenté fijarme en lo que pagaba la gente antes que yo y, como no me quedó claro, di una cantidad situada entre los 0.50 y los 500€. Inspeccionamos un poco el lugar y salimos a hacer algo de turismo por la ciudad, cosa que no se volvió a repetir muchas más veces debido a las heridas de guerra que trae consigo el andar tanto tiempo.
Volvimos a la hora de cenar, porque en los albergues hay siempre una cocina más o menos equipada para prepararte algo y la primera noche nos quedó claro que era el lugar donde hacer vida común. De pronto alguien sacó una guitarra y el vino que llevaba circulando un rato por las mesas ayudó a formar un grupo improvisado que destrozaba la canción de Guantanamera a gritos, al cual le acompañaban las palmas del resto, el baile de algún inglés y las miradas asombradas de los coreanos. Estuvimos socializándonos y jugando a las cartas con dos madrileños a los que no pudimos seguir el ritmo y perdimos de vista en la tercera etapa. Esa noche nos acostamos pronto, en una habitación subterránea, sin ventanas y con 50 literas que habían trasladado directamente desde alguna cárcel de Siberia. Antes de dormirme mucha gente ya roncaba y una voz preguntó a alguien "¿vienes a ver las estrellas conmigo?" fue así como conocimos al primero de muchos compañeros de Camino y a quien apodamos como "el de las estrellas" y que más tarde rebautizamos como "el Fucker". Al día siguiente, las luces se encendieron a las seis y una hora más tarde recorríamos la primera etapa de los 202 km que nos separaban de Santiago. Cada poco tiempo adelantábamos o, más normalmente, nos adelantaban peregrinos (término que decidimos sustituir por caminantes en homenaje a The Walking Dead) que nos deseaban "buen Camino" en todos los acentos posibles. 
En esta primera etapa tuvimos nuestro primer dilema, el camino se bifurcaba y había dos alternativas: seguir por la carretera asfaltada que era el camino más corto o adentrarnos por otro camino más largo. Después de los 18km que llevábamos y siendo el primer día, estas dos opciones en mi mente se representaban así: 

Seguir por donde iba todo el mundo, cantar canciones de campamento y coger algún fruto de los árboles.


Desviarnos solitariamente, sufrir el ataque de lobos ibéricos y morir despedazados.

Finalmente, el espíritu scout resolvió la duda con determinación y nos adentramos por el camino largo. Esta fue una decisión muy polémica y en mi opinión poco acertada, pero de la que aprendimos mucho: la cultura del mínimo esfuerzo no te hará triunfar, pero sí sobrevivir. Y al fin y al cabo, el Camino tiene mucho de supervivencia, como mis pies entenderían en los siguientes días.

Seguro que este episodio a George R. R. Martin le gustaría terminarlo con nuestra muerte a manos de los Greyjoy o el rapto de María por unos salvajes, pero lo único que pasó fue que llegamos a Villafranca un poco más tarde y un poco más cansados. Eso sí, atravesamos campos y tenemos mejores fotos que los que fueron por carretera.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Yo no soy de ir soltando maldiciones por ahí, ni de explotar y soltar veneno. Me he educado a mí misma de forma que suelo callarme las cosas y guardarlas en el pozo del rencor infinito, que está compuesto de ácidos corrosivos y material inflamable. Puedo ser fácilmente una de las personas más rencorosas del país, si bien es cierto que para entrar en el club de "cosas que molestan a Claudia" hay que liarla mucho; yo soy más bien de pasar de las situaciones de tensión. Pero vamos a decir las cosas claras, porque viene haciendo tiempo que estoy hasta los cojones. Lo siento por esto, lectores de blogs, mi panadero de siempre y la señora de los viernes en la parada del bus, pero es que mi pozo del rencor y la ira está rebosante y lo tengo que ir vaciando poco a poco.
¿En qué momento a mis amigos se les olvidó todas las mierdas de la fidelidad y la lealtad que nos hemos estado tragando en Punky Brewster, Dawson Creek y demás series de Planeta Feliz?
He consultado esto con varias corrientes de pensamiento y todas han coincidido en que:
1. Tal vez esté idealizando a mis amigos
2. Tal vez no todos comparten tu concepto de amistad.
En mi opinión lo primero puede ser, lo segundo es un poco contradictorio, porque lo que yo entiendo por amistad es la definición clásica, la típica ñoñería de ayudar, no pedir nada a cambio, sacrificarte por los demás y demás cosas que ya en los años en los que estamos no se llevan (¿¿no pedir nada a cambio?? ¿¿perderme una fiesta porque a un amigo le acaben de extirpar un tumor cerebral?? POR DIOS). Por otra parte, lo de idealizar a mis amigos es difícil. El tiempo y un par de salidas los sábados son suficientes para conocer a la plantilla. Mis amigos son los mejoJAJAJAJAJA. NO. Mis amigos no son los mejores amigos del mundo y quien crea eso de sus amigos probablemente es tonto o es Punky Brewster. Ahora bien, para obtener el carnet de amigo hay unas cosas básicas que deben manejarse, un A1 de la amistad que, amigos míos, os insto a que repaséis de vez en cuando (gracias).
Ahora con todo esto del Erasmus la gente me dice que echaré mucho de menos a todos. Y yo me pongo a pensar y no sé quiénes son todos. Hay gente a la que a veces tengo ganas de ver, de pronto, pero que no echo de menos como tal y otra a la que extraño constantemente, cualquier día que se me pregunte sobre ello. ¿Entonces voy de guay y no echaré de menos a mis amigos? Aunque si digo que tengo ganas de irme de aquí y aquí es donde están mis amigos, ¿digo que no tengo ganas de estar con mis amigos? ¿Urdangarín en qué pensaba? ¿Los yogures azucarados necesitan más azúcar?  Si he aceptado una Erasmus a una ciudad del siglo XVIII y que me está quitando la vida con las convalidaciones, es porque el quedarme aquí me ofrece un panorama bastante peor, esa es la única respuesta.
Mi pozo del rencor ha liberado un 10% de espacio.



Estimado amigo/a mío/a:
Si al leer esto te has sentido ofendido/a piensa en si aprobarías un A1, si la respuesta es sí esta entrada no va contigo, si la respuesta es no esta entrada está dedicada a ti.

viernes, 17 de febrero de 2012

Muchísimas.

Ahora mismo no os hacéis una idea de mis ganas erasmusianas. 
Ni os lo imagináis. 
Ni lo intuís.

viernes, 3 de febrero de 2012

Holanda, está claro.

Ayer se dio una situación extraña. Me nombraron, acudí a una mesa delante de un montón de gente y me pidieron que eligiera un destino para pasar el próximo curso. Holanda, Italia o Dinamarca. Sin duda, Holanda. ¿Cómo no iba a ser Holanda? La Europa más europea, con sus bicicletas y todo su ambiente juvenil. Holanda, estaba claro. Pero, de pronto, no estaba tan claro. Y nunca habría pensado que rechazaría Utrecht por ir un año entero a la vieja, sucia y caótica Sicilia.

Sicilia es decadencia, tráfico sin ley, costa y volcanes.
Dicen que Sicilia es mafia, corrupción y manos negras.
En las últimas 24 horas he escuchado muchos más "llévate cuidado" que nunca y a mí todo eso me suena a ciencia ficción, ciertamente. El sur de Italia a lo único que me suena es a hierba seca, a tradición y mercados en la calle.


Todavía sigo pensando que Holanda estaba muy claro, que incluso Dinamarca estaba clarísimo, pero que sorprendentemente Sicilia estaba un punto por encima. Podéis discrepar abiertamente, ni siquiera yo me lo termino de explicar.

domingo, 29 de enero de 2012

Ya he tenido penitencia durante todo este mes, 
dejen de enviarme dolores de espalda, 


por favor.

sábado, 29 de octubre de 2011

Bruselas

Tres días intensos entre chocolate, Parlamentos Europeos, 
Automiums, cervezas, gofres, mejillones y algo de fresco.






Bruselas, octubre 2011.

sábado, 1 de octubre de 2011

Fiestas de pueblo.

Si las tradiciones que empezamos fueron buenas y se han mantenido durante estos últimos años, ¿por qué no seguirlas aunque todo siga cambiando?
Hablo del día 12 de octubre, fiesta en mi pueblo. Ese día subimos al campo y blablabla... y al final del día, María y yo compramos un helado de chocolate a la mujer de los helados. No está especialmente bueno, pero es eso, una tradición. Nos sentamos en un banco y vemos pasar a la gente mientras nos chorrea el chocolate por el cucurucho. No sé qué pensará María en ese momento, pero yo pienso que ojalá al año que viene podamos volver a repetir ese momento, porque podrá haber pasado de todo durante ese año, pero si podemos volver a comprarnos el helado será porque, más o menos, todo va bien. Cada año es más difícil lo de continuar con el ritual y en el fondo sé que llegará un día en el que sea imposible pero, mientras tanto, ahí estaremos. Por lo pronto, en 10 días: 


Y recuerda que

Y recuerda que