Después de enseñar nuestra credencial de peregrino (requisito imprescindible para poder dormir en los albergues), nos acostamos un rato antes de salir a visitar Villafranca. Cualquier persona que vaya a hacer el Camino debe saber que es muy tentador echarse a dormir un rato, pero que al despertar no sabes si realmente dormiste o te usaron como saco de boxeo porque el dolor muscular es bastante interesante. Son las llamadas siestas de doble filo o siestas de valientes.
Por la noche, conocimos a Alfonso, un hombre de Huesca que había salido desde Roncesvalles, lo cual son unos 750 km y por eso siempre le tendré una profunda admiración. Alfonso contaba historias para hacer las cenas interesantes e incluso nos contó que había tenido un nieto mientras él estaba en el Camino, pero que no se acordaba de cómo se llamaba y ante nuestra cara de sorpresa sentenció "coño, si nunca lo he visto" y nosotros ya nos quedamos conformes.
La mañana siguiente amaneció muy bonita con el sonido de los pájaros de los árboles del jardín y con un fresco agradable, todos estábamos mejor de nuestros dolores porque siguiendo la recomendación de nuestras madres, por la noche tomamos Coca Cola para las agujetas y esto, claramente, obró el milagro. Todo era perfecto y precioso, como la escena de una película en la que una pareja enamorada bebe un batido en un acogedora cafetería acristalada, pero que en un segundo todo se desvanece y mueren tiroteados por una banda callejera de camisetas sin mangas. Nosotros también tuvimos ese segundo trágico, sólo que duró varias horas. Yo notaba que algo me quemaba en la planta del pie y con cada paso me acuchillaba en lo más profundo del alma. Entonces dentro de mí escuché a la niña de Poltergeist diciendo "ya están aquíííí" y así fue: las temidas ampollas.

Ella lo sabía y yo también.
Las ampollas, una vez que te salen, no se irán con ningún tipo de magia negra ni Compeed ni nada de esas cosas que recomiendan que hagas, todo es mentira. Lo único que funciona es aguantarse y acostumbrar el pie al dolor. Cuando el pie ha andado y está "caliente" el dolor disminuye bastante y ya no quieres amputarlo ni despeñarte por una ladera. Aun así y no es porque yo sea débil, las ampollas duelen un 7/10 en la escala de dolor, donde que te rompan la nariz a pedradas es un 9/10.
Seguimos andando, mis tres compañeros más o menos bien y yo cojeando pero intentando que mi dignidad no se viera afectada. Pasaban las horas y los kilómetros y empezábamos a ascender por un bosque cerrado y lleno de barro donde el dolor de mis ampollas aumentó hasta el 8 y tuve que pedir a Mario que me distrajera con historias.
Así y después de algún tiempo llegamos a un pueblo compuesto por tres casas, una señora que vendía Aquarius y una fuente donde paramos a recuperarnos del calor y la subida mortal. En ese oasis de esperanza conocimos a Emilio, otro caminante solitario que nos preguntó cuánto quedaba para llegar, "pues creemos que 5 kilómetros". Emilio se escandalizó "NO PUEDE SER, ¡¡5 KILÓMETROS!! De vosotros no me fío, voy a mirar la guía. Me cagontó, sí que quedan 5". Y con estas bellas palabras nos hicimos amigos y en siguientes etapas volvimos a coincidir con él siempre a 5km del final, lo cual dio para bastantes risas. De los siguientes 5 kilómetros recuerdo mucho sol, que ya eran pasadas las tres de la tarde y no habíamos comido, caminos desiertos y empinados y a una mujer con la que nos cruzamos y que me dijo "quedan 2 kilómetros, eso ya no es nada" y entonces me puse a llorar. Luego les pedí a mis amigos y a Emilio que me abandonaran allí, que ya llegaría yo y que si tenía que morir prefería estar sola.
Indicación terrorista cuyos decimales jugaron con nuestras ilusiones.
Llegamos a Cebreiro a eso de las cuatro y media de la tarde, Emilio se nos adelantó (lo cual me hizo reflexionar sobre el potencial de los jubilados) y al llegar al albergue nos informaron de que sólo quedaban cuatro camas. MILAGRO, EMOCIÓN y COHETES. Esta fue mi etapa de la muerte, en la que me di cuenta de lo peligrosamente fácil que es morir joven de un día para otro y en la que entendí que en el Camino más vale fuerza mental, que fuerza física. Así terminaron los 30 kilómetros de montaña y aquella tarde disfrutamos de un fresco muy fresco a 1300 metros de altitud, viendo desde el albergue que algunas nubes no llegaban tan arriba.
Soy poesía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario