La semana pasada, mis padres se fueron a pasar el resto del verano a la playa y me dejaron a cargo de las plantas. Cada zona de plantas de mi casa tiene un código: las de la terraza se riegan todos los días; las del patio, cada dos días; las del salón, depende del sol que les dé y así. Esta tarea en principio parecía bastante sencilla, sin embargo se complicó con una planta del salón.
La planta en cuestión estaba dentro de una cesta de mimbre y llevaba allí ya varios meses, yo desde el primer momento había aceptado que era de plástico, con lo cual durante los primeros cinco días ni me acerqué a ella. Pero ayer, cuando iba a regar a sus compañeras me fijé en que las hojas no estaban en su posición habitual, sino un poco más inclinadas, como si me hicieran una reverencia, como si me estuvieran pidiendo agua.
Toqué las hojas y desde luego la carátula de un CD tendría más tacto de planta, pero al acercarme vi que dentro de la cesta de mimbre estaba la maceta llena de tierra. La observé desde varios ángulos, pero me parecía a la vez la planta real más falsa y la planta falsa más real.
Podía hacer varias cosas: llamar a mi madre y preguntar si una planta que estaba plantada en tierra y que parecía marchitarse era de verdad. Con esta llamada mis padres confirmarían finalmente mi inutilidad en ciertos aspectos de la vida. También podía regarla aunque fuera de mentira o podía no regarla y en caso de que fuera de verdad y muriera, fingir que se me había olvidado.
Pero entonces la voz del honor me llamó: "Claudia, estudias 15 créditos en asignaturas sobre plantas, un poco de dignidad."
Intenté pensar prácticamente: ¿qué va a hacer una planta de plástico puesta en tierra? Darle más realismo quizás. Oh Dios, ¡a lo mejor la tierra también era falsa! Aquello era un callejón sin salida. Y mis amigos me preguntaban que si sabía ya qué máster quería hacer...
Me imaginé en el laboratorio micropropagando, estudiando la humedad relativa, recitando de memoria la fase luminosa de la fotosíntesis y volví a mirar a la planta roja que se reía de mí desde aquel rincón.
Entonces, mi yo biotecnológico, pensó en hacerle una incisión a la planta, en coger un trocito de hoja y ver si aquello era materia orgánica.
Cogí un cuchillo y me senté en el suelo enfrente de la planta.
¿Hasta qué punto es inteligente el ser humano?
Acerqué el cuchillo al híbrido entre tallo y tronco y raspé un poco. Un plástico demasiado resistente. Raspé más. Y comprobé que sí, que esa planta que llevaba sin regar cinco días era una planta-planta y que ahora tenía una pequeña cavidad que se notaba bastante. Solté el arma y permanecí sentada un rato a su lado reflexionando sobre si de verdad necesitamos todo eso del 2.0, la realidad aumentada, las televisiones 3D o la leche con omega 3. Si no estamos yendo mucho más allá de lo que hemos podido asimilar previamente. Si yo era inútil o si esa planta era simplemente un elemento del Mal.
Y esta experiencia puede ser resumida con una frase de canción: La vida es muchas veces triste.
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